Public Commentary / 03 June 2026
Gobernar para el enemigo
La pregunta no es si será Iván Cepeda o Abelardo de la Espriella quien gane en segunda vuelta el próximo 21 de junio, sino cómo lograr que el ganador gobierne para toda Colombia
“Vamos a derrotar a los enemigos de la República” o vamos a eliminar o destripar a la izquierda, ha dicho en distintas oportunidades Abelardo de la Espriella. Un mensaje que mantuvo con fuerza el domingo en su discurso de victoria. Desde Iván Cepeda, no es muy distinto el mensaje: “El uribismo es fascista. Representa la ideología del desprecio en todos sus componentes de los demás seres humanos. El racismo, el clasismo, la misoginia, la homofobia, la depredación de la naturaleza, el odio a la paz”.
En ambos casos, esto lo han dicho ante multitudes que superan las decenas de miles, ha sido presentado en televisión nacional y hacen parte de mensajes que tienen cientos de miles de vistas en redes sociales. El mensaje, además, es claro: o ganamos o acaban con nosotros.
Es una manifestación de la versión más negativa del híper problema de la polarización que aunque se agudiza en períodos de electorales como este, no se resuelve cuando se define la carrera por la presidencia. Hay ejemplos interesantes en el caso de Chile, que dejo más abajo, pero sobre todo, en Colombia existe la oportunidad de que gestionemos mucho mejor las diferencias que con la negación y suma cero que dejan en el ambiente los recientes discursos.
Cuando las elecciones son vistas como una victoria de todo o nada, de muerte o supervivencia política, dejan grietas profundas a nivel social, familiar y comunitario. Sus efectos se extienden a la gobernabilidad: “Vamos a hacer respetar la democracia por la razón o por la fuerza”, “no pasarán –los proyectos de extrema derecha–” decían De la Espriella y Cepeda respectivamente anoche ante sus multitudes.
Convertir al contrincante o adversario político en enemigo ha resultado ser un ingrediente movilizador en una campaña en donde la pelea por la atención es extremadamente reñida y las emociones valen todo. La fórmula que hemos visto repetirse en los últimos años en la región ha encontrado en Colombia un huésped fabuloso. Pero como también lo hemos visto, el argumento que sirve para ganar votos, se convierte rápidamente en un gran palo en la rueda para gobernar.
Ni la gobernabilidad a través de la inclusión de quienes históricamente han estado excluidos que propone Cepeda ni la gobernabilidad basada en la autoridad y el orden que plantea De la Espriella pueden construirse sin algún nivel de legitimidad compartida entre sectores que hoy se perciben mutuamente como amenazas. La categoría de enemigos –la democracia en función de acabar con el otro– y el uso oportunista del poder –la idea de que es ahora o nunca–, sólo animan a ese otro sector a sabotear, durante cuatro años, todo esfuerzo de gobernar y a esperar su turno (o su revancha).
Que haya algún nivel de aceptación de las reglas de juego es lo que permite que las autoridades puedan formular y ejecutar políticas, que sus decisiones sean aceptadas, que los conflictos se tramiten ahí y no en vías de hecho, que podamos prevenir la violencia y que logremos construir acuerdos políticos y sociales, es algo que tendría que interesar a todos quienes buscan llegar a la presidencia. Al fin y al cabo en el mandato de la Constitución al Presidente le corresponde representar la unidad nacional –una convivencia democrática o legitimidad compartida– y garantizar los derechos y libertades de todos.
Nuestro sistema no está diseñado para funcionar sin eso, y ni la imposición –gobernar vía decreto por ejemplo–, ni la protesta –reclamar desde la calle– logran salidas o políticas con un grado de estabilidad que funcione por lo menos en el mediano plazo o con alguna promesa de transformación de largo plazo.
Si la conversación, el debate y los dardos de lado y lado no cambian en los próximos días, lo más probable es que cualquier enunciado de unidad, diálogo o acuerdo por parte de quien tenga la victoria electoral esté vacío de contenido o prometa cultivar en un terreno ya infértil.
Los presidentes de las últimas décadas en Colombia (desde Belisario Betancur hasta Gustavo Petro) han planteado en sus primeros discursos gobernar para todos, hacer diálogos, pactos, conversaciones y reconciliarnos. De estos enunciados han salido procesos de paz, de diálogo y conversación nacional e iniciativas de encuentro. Algunas más exitosas que otras, pero todas con el gran desafío de incluir a ese país que se ve representado en su adversario político y que quedó por fuera de la foto inicial.
Cuando la movilización está motivada en la deshumanización, la estigmatización, el rechazo o el odio a un sector de la política y un sector de la población, de parte y parte es difícil reconstruir la confianza. Lo que más presente queda es la sospecha, las responsabilidades, las culpas los reproches y el resentimiento.
Aunque América Latina está llena de discursos polarizantes, también tiene ejemplos de liderazgos que entendieron que gobernar para todos exige algo más que una apelación a la unidad. Patricio Aylwin, primer presidente de Chile tras la dictadura de Pinochet, apostó por reconstruir una comunidad política fracturada a partir de la verdad, la reparación y los acuerdos. En su caso, la gobernabilidad incluyente no surgió de eliminar las diferencias, sino de crear condiciones para convivir con ellas. Gabriel Boric, en cambio, llegó al poder desde la movilización social y en medio de uno de los momentos de mayor cuestionamiento institucional. Sin embargo, tras el fracaso del primer proceso constituyente, insistió en hablar de los chilenos como compatriotas y no como adversarios, desplazando parte de su discurso hacia la defensa de las instituciones y la necesidad de construir acuerdos. Una cosa es llegar al poder representando a una parte del país y otra muy distinta gobernar para el conjunto de la nación.
Desde IFIT (el Instituto para las Transiciones Integrales) hemos hecho el ejercicio de sentar a liderazgos de distinta índole de todo el espectro ideológico en nuestros Círculos Despolarizantes para ver qué tan cierto es que somos dos bandos, que somos radicalmente distintos, que estamos ante un escenario de suma cero, y qué tan homogéneos somos al interior de cada uno de esos sectores. Los resultados de ese ejercicio los convertiremos en ideas claras de cómo pensarse una gobernabilidad incluyente para la Colombia de 2026.
Mientras tanto, nos ha sorprendido muchísimo ver lo complejo e interesante que son las ideas que están en juego frente a cómo solucionar los problemas de nuestro país, la variedad que existe en cada uno de “los bandos”, lo profundos que son los puntos en común, y lo distintos que somos cuando tenemos la oportunidad de exponernos sin amenazas y estigmatización a la realidad de nuestras diferencias. Hemos visto también que esas diferencias representan una diversidad que bien canalizada no es un problema, sino una fuente de riqueza.
Por ahora y para las próximas tres semanas, como parte de este proceso electoral no solo tenemos el derecho y la responsabilidad de votar, sino que también tenemos la responsabilidad de exigirles a nuestros candidatos que demuestren que se puede discutir con ideas, que no queremos que nos separen y nos dividan más, que estamos cansados del conflicto y que somos conscientes de lo vulnerables que somos a la violencia.
Si es cierto que estamos, como lo dijo La Silla Vacía ayer, ante “dos proyectos excluyentes”, necesitamos ahora más que nunca recordarles que se trata de una sola Colombia.
Irene Vallejo llama a rebatir el “espejismo de la aparente unanimidad”: la tendencia a convertir a quienes están al otro lado en un grupo homogéneo y amenazante. Pocas cosas resultan tan funcionales para el conflicto como convencernos de que quienes están al otro lado son exactamente iguales entre sí y exactamente distintos a nosotros. Pero una democracia no funciona porque desaparezcan las diferencias. Funciona porque existe la disposición a reconocer que detrás de cada etiqueta, de cada voto y de cada identidad política, hay personas con motivaciones, miedos, intereses y contradicciones tan complejas como las propias. Y es sobre esa complejidad —no sobre la unanimidad— que termina descansando cualquier posibilidad de gobernar para todos, incluido ese “enemigo”.
Originally published in El País.